10 agosto 2011

Aprender a pelear

¿Conocen la historia del joven que tenía pésimo carácter? Un día su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, clavara uno en la puerta. El primer día clavó 37 clavos. Las semanas que siguieron, a medida que aprendía a controlar su genio, fue disminuyendo la cantidad. Hasta que un día pudo ser dueño de su carácter durante 24 horas. Después de informarle la buena nueva a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra esa meta. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar. Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: “Has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves. Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo cómo se lo digas lo devastará y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física”.

Buen relato, ¿no? A mí, al menos, me hace demasiado sentido. Situémonos por un segundo en una pelea de pareja. Ella está muy molesta, llevan rato discutiendo, y en un momento le suelta a su pareja y padre de sus hijos, recientemente cesante por reducción de personal, la frase “poco hombre, no eres capaz siquiera de alimentar a tu familia”. Otra situación: el hijo menor de ambos se cayó mientras paseaba con su madre. Ya en la clínica, en plena rabieta, el marido tiene la pésima idea de decirle a su mujer “eres una mala madre”. Situación C: en el clímax de una pelea, ella, agotada, frustrada, le grita a su marido, “ya no te amo”. Muy simple: hay cosas que no se dicen en una relación de pareja. Nunca. Es como la confesión de una infidelidad: sólo tiene cierto sentido si uno quiere liquidar el vínculo para siempre.

“Eres dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras”. Otro dicho que viene al caso. Herir con palabras es violentar psicológicamente y los combos emocionales a veces son iguales o peores que esos que dejan marcas en el cuerpo. Por eso, la diferencia entre una pareja que pelea con respeto y otra que lo hace sin límites es sideral. Hablaba el otro día con una gran amiga, casada hace más de diez años, y llegamos a la siguiente conclusión: el día en que uno aprende a pelear con su pareja, las probabilidades de éxito en el largo plazo aumentan exponencialmente. Es más, varios conocidos han usado la terapia de pareja para lograr, mediante un arbitraje, acuerdos fundamentales con el objetivo de poner límites en las peleas y jamás pasarlos a llevar. El resultado, para la gran mayoría, ha sido excelente. Si ambos son honestos respecto de lo que les duele, los hiere, los desenamora y lo que pone en riesgo el vínculo, entonces hacer una declaración explícita acerca de esas variables y de inmediato comprometerse a nunca más pisar ese terreno, puede resultar en una relación mil veces más sana.

Vamos a un ejemplo de la vida real. Juan se espantaba cada vez que tenía un enfrentamiento con Carola, su señora, pues llegado el peak del conflicto, muchas veces ella lo amenazaba con la separación. Acto seguido, él se deprimía y entraba en un círculo vicioso de inseguridades, pena y confusión. Después de varias conversaciones intermediadas por un especialista, él se enteró de que ella no lo hacía con una intención literal, sino que era su forma primitiva y aprehendida de expresar enojo. Y ella supo que él quedaba aplastado después de las amenazas, pues nunca había podido trabajar emocionalmente la separación de sus padres. Salieron de la última sesión con un optimismo renovado, con cara de “ahora entiendo” y el tiempo ha demostrado que el pacto de no agresión acordado ese día -en realidad el acuerdo de no volver a usar cierto tipo de armamento en las batallas- les ha resultado fructífero. Hoy saben pelear porque saben qué no decirse. Hoy discuten sin faltarse al respeto. Hoy se enfrentan pero no se matan. Entendieron que el asunto no es evitar las peleas y reprimir los sentimientos, algo tan peligroso como discutir sin límites, sino que saber discutir con manual de instrucciones. Pelear bien podría haber sido el título de esta columna. Esa es la idea.

Publicado en Tendencias La Tercera, 09 de julio del 2011
Por Rodrigo Guendelman

1 comentarios:

Carol Valdebenito dijo...

Pelear bien, es un término muy ocupado, en estos libros de autoayuda, de echo me recuerda a uno de lso libros de Jhon Gray (autor de : "Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus".

Personalmente a pesar de mi caracter no soy de las que pelea con mi pareja, pero cuando lo hago , me salgo un poquito de mis casillas mis opciones siempre son:
- Me contengo tanto que término llorando.
- Me intento escapar, pero es para calmarme y luego cnversar bien( trato que se me vayan esas ganas de decir cosas hirientes)
- Me enloquese y termino diciendo cosas hirientes o un montón de weas sin sentido práctico.

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