05 julio 2011

Recuerdos

En una mudanza se mueven cosas (obvio!), y de forma desordenada cuando se trata de un cambio “express”. Ropa, libros, carpetas, hojas, cajas, más cajas y contando... De tanto en tanto embalar cosas, a veces te encuentras con algún objeto que te saca el aliento, que te pega un latigazo de recuerdos. Los objetos son unas autenticas maquinas del tiempo, el sólo hecho de mirar, tocar e incluso oler algo te llevan en un viaje fugaz algunos años o décadas atrás.

Hace un par de semanas, mientras rápido (y encañado) metía libros a una caja, encontré uno deJ.R.R. Tolkien titulado “El Hobbit”, estaba con una capa de polvo que apenasdistinguía la portada, al arrojarlo a la caja -donde aun está-, una foto salió disparada desde el interior. En ella, un niño que semblante de crucifixión sufría la extirpación de uno de sus dientes de manera brutal! (Bueno en realidad era yo cuando me sacaban un diente de leche) y aunque la foto en si no evoca mucho más que susto, el contexto en el que estaba si lo hizo.. y mucho.

A pesar de que no tenía fecha, debe haber sido en el año 94 o 95, mi tío (con mucho máspelo que ahora) y una postal de Punta Arenas en pleno invierno. Se me vino a la mente de manera fulminante mis tiempos de infancia, los juegos hasta las 22.00 Hrs con luz de día en verano, las carreras en trineo, las batallas de bolas de nieve, los guantes, gorros, bufandas de lana, las galletas de Quaker, las milanesas de pollo, las cañerías congeladas, los vientos de 80Km/hrs, los fuegos artificiales,  la malta con huevo, las frutas en conservas, el cordero asado(:baba:) y muchas cosas más.

Corrían los años 90, Edulio era el señor de la casa, una especie de patrón de fundo punta arénense (o es lo que yo recuerdo). A Edulio no le gustaba que pusieran los pies en el sillón, pobre de quien osara a manosear su piano o a romper alguno de sus adornos. Las reglas de la casa estaban claras para él y no había nacido el que las desafiara... O eso creía. Un pequeño de muy pocos años llego a revolucionar todo su mundo, llego a saltar en los sillones, llegó a subirse arriba del piano, llegó a tomar y a romper cuanta cosa iba a parar a sus manos, no hubo reproche, no hubo castigo. El señor de la casa ahora era el pequeño, el hacía lo que quería ante la mirada atónita de los demás habitantes al ver como ese ser había doblegado a Don Edulio. Ese pequeño, que les está escribiendo en estos momentos aun recuerda que la despedida fue muy difícil para Edulio, lloró como nunca lo vieron llorar, sufrió el alejamiento y nunca se volvió a repetir esa actitud.

Hace un par de años yo estaba de vacaciones en Con Con, cuando una llamada con voz temblorosa me informa que Edulio falleció... Y hasta el último de sus días, se acordó de su pequeño, de su pequeño Julio.

Siento el cargo de conciencia, la culpa, la puntada en el estomago, el saber que uno es bastante ingrato con quienes dieron mucho (más de lo que correspondía) en nuestra infancia y que ahora no vemos, no llamamos y son parte de nuestro pasado. Pasado del cual no debieran formar parte, pasado del cual deberían salir y volver al presente, al lugar que les corresponde. Por algunos minutos al día, uno debería ser capaz de botar esa capa de egolatría, tomar el teléfono, el teclado, el correo y dar señales de vida, devolver aunque sea en una insignificante parte el inmenso cariño y preocupación que esas personas dieron por uno, sin esperar ni en sus últimos momentos algo a cambio.

En una mudanza se mueven cosas, los recuerdos son una de esas...

1 comentarios:

Hardticky dijo...

Gracias Marcelo por tu comentario y, más que nada por contar tu historia. Conmovedora realmente, los seres humanos somos muy egoistas y son pocos los momentos que tenemos para reflexionar.

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